19 de marzo de 2021

"Tengo una segunda oportunidad, y voy a aprovecharla" - Superman (Aka: La 'Olympia' del género superheróico)

'La Liga de la Justicia' de Zack Snyder es como imaginarse a Leni Riefenstahl dirigiendo una peli de superhéroes tal y como dirigía aquellas películas de propaganda nazi de los años 30. Una cineasta  formidable que ha perdurado en el tiempo única y exclusivamente porque su talento visual y sensibilidad poética superaba por mucho a la ideología criminal a la que servía. Su papel lo ocupa ahora Zack Snyder, y el tirano esta vez, los trajeados ejecutivos de Warner Bros que ordenaron mutilar y reestructurar la película para  finalmente ejecutar el crimen de estrenarla en el 2017 tras el abandono del primero por razón de una tragedia personal.


Esa primera versión recogía algunas de las escenas de Snyder, las cortaba, reordenaba, les ponía un poco de celo y confiaba en el buen hacer de un  artesano como Joss Whedon (el dire de Los Vengadores) para el envoltorio, empaquetado y posterior venta al por mayor. La versión de 2021 tiene tan poco que ver con aquella cutre, fría y fallida película que incluso llamarla "versión del director" sería una equivocación. Aunque sea esencialmente la misma historia, la forma, el ritmo, la estructura, el etalonaje, la ratio de imagen es diferente; tiene sustancialmente otro guión, otro desarrollo de personajes y mucha, pero que mucha más violencia. 


La esencia mítica de los superhéroes de Snyder es lo que marca la diferencia. Es un contrapunto respecto a la cercanía y humildad de la factoría Marvel. Más allá del guión, basta ver esas desquiciadas poses fotográficas recargadas de simbolismo (a veces barato pero siempre impresionante) con las que se recrea visualmente la grandeza de los personajes en cada escena y cada entorno, equiparándolos a esculturas griegas. Señala un origen mítico que se traslada a la propia historia, que no deja de presentar tintes de tragedia, en su estructura coral y en su canto de locura como castigo de los dioses de otro universo. 


Con la 'Poética' de Aristóteles en la mano, podemos identificar el origen de la tragedia como la consecuencia necesaria de la épica, que no es otra cosa que las consecuencias psicológicas de guerra. Como aquella que libraron Bruce Wayne y Kal-el en la película previa, 'Batman V Superman' (segundo acto de esta particular trilogía que comienza con 'Man of Stell', y que visto lo visto, quizá debió correr mejor suerte), donde se alza el relato individual de cada héroe, que narra su versión ante el teatro griego, la sala de cine; la visión única de un guerrero enfrentado con su enemigo. Las consecuencias fueron traumáticas. Y de esos barros a estos lodos. 


La tragedia surge aquí apelando a lo coral como una historia formada por las visiones particulares y contrapuestas de cada superhéroe, cada uno con su dimensión psicológica; y que confluyen de manera espontánea en una trama de lírica visual apabullante donde brillan especialmente aquellos personajes que pasaron por la tijera en 2017. Brilla Flash, pues suya es una de las escenas más impresionantes desde el punto de vista visual que se han visto en toda la historia del género; brilla un cínico Aquaman, cuya personalidad fue literalmente arrancada en 2017 y lanzada a los tiburones; y brilla por encima de todos Cyborg, cuya puesta en escena y líneas de diálogo evocan al célebre Dr. Manhattan. 


El espectador acostumbrado a la fórmula cinematográfica de Marvel podría apreciar disgresiones y irregularidades en el ritmo, pero esta fórmula deliberadamente inconexa ya se apreciaba en la adaptación de 'Watchmen' del mismo Snyder, que aquí viene a reivindicar la en su totalidad. Definitivamente da la impresión de estar ante la obra de un megalómano "demente" - tal y como dijo Jared Leto, agradecido por haber tenido la oportunidad de redimirse de aquella cosa (mierda) llamada 'Escuadrón Suicida'-. Y aquí es donde volvemos Leni Riefenstahl y a 'Olympia', su hermosisimo documental de 4 horas sobre las olimpiadas de Berlín del 36, con el que 'Liga de la justicia' comparte algo más que la duración, y esto es su capacidad de utilizar y reescribir la iconografía mitológica a través de la cultura popular, en tiempos donde los superhéroes, desde la ficción, se han erigido en ídolos; figuras de autoridad capades de señalar a los mortales las leyes de la ética. 


En total, son 4 horas muy entretenidas, con muchos momentos inolvidables, alguna inocente (pero simpática) estupidez, mucha poesía visual y la agradable sensación de haber visto un blockbuster de autor. Reconozco que por momentos me he emocionado tan solo imaginándome a Snyder en aquellos tristes años de duelo personal y profesional, viendo como su visión acaba desintegrada y transformada en una película de superhéroes tan genérica como vergonzante. Su logro, por encima de todo, es haber sido capaz de reivindicar su técnica contra las perversiones de un estudio, y me congratula ver que ha podido tener, tal y como le dice en un momento determinado Superman a Lois Lane, "una segunda oportunidad". Reconozco que durante muchos años he sido hater de Snyder, pero hoy se ha ganado todo mi respeto y admiración, como autor y como ser humano.

12 de marzo de 2021

En busca del valle encantado de la mente

Desde niño tengo pesadillas apocalípticas. A menudo suelo pensar en lo inmenso que es el universo y lo insignificante y frágil que es la especie humana. Me da vértigo pensar que apenas somos algo más que una mota de polvo en medio de un misterio infinito. Tan inexplicable como fascinante. La cuestión es que desde niño, cualquier noticia de relacionada con asteroides, tormentas solares, planetas gigantes que se aproximan a nosotros de forma impenitente o el descomunal tamaño de sol, me ponen del puto hígado. 


Hace muchos años, durante la secundaria, en medio de un examen de biología, me aquejaron de repente todos esos pensamientos y sufrí un terrible ataque de ansiedad: temblores en las manos y en las piernas, cambio de temperatura corporal, sudoración, aceleración del ritmo cardíaco, sensación de muerte inminente... Tiré el bolígrafo y me eché las manos a la cabeza. Dejé el examen en blanco. Nadie me preguntó qué me ocurría, ni compañeros ni profesores. Como era repetidor, supongo que les parecía normal que no hiciese nada ni prestase atención, pero mi mente en ese momento era un puto hervidero de pensamientos. En ese momento descubrí lo que era sentir auténtico miedo por aquello que no puedes comprender, ni controlar. 


Fui al médico de cabecera. No me vio nada raro. Me hice unos análisis. Todo normal. Me hicieron un escáner cerebral. Todo bien. Remití todo aquello a un especialista médico, no recuerdo de qué. Solo recuerdo que el señor bromeó con que tenía el mono. Y no fue el único, pues un naturista llegó a preguntarme si fumaba porros o jugaba a la güija... Delirante comportamiento de un par de gilipollas quienes se (y les) decían profesionales. Yo por aquel entonces aún no sabía lo que eran las drogas y lo único que me mantenía cuerdo era echar algunas partidas a la consola. Todo fue de auténtico chiste. A los ojos de la ciencia yo era una persona sana. A los ojos de los curanderos de todo a 100, también. Pero os puedo asegurar que los seis meses siguientes fueron un infierno donde apenas dormí, vomitaba de la ansiedad y casi me llevo todas las asignaturas al curso siguiente. 


Pasaron los años y me empezó a interesar el psicoanálisis. Corriente denigrada en el campo académico por infalsable e indemostrable. Pero qué me iban a contar a mí esos fulanos de la academia, si para ellos estaba como un roble, mientras llegaba a casa con taquicardias en  medio de alucinaciones auditivas, seguramenre por falta de sueño. La movida es que me pregunté si todo aquello era cosa de mi mente. Y si así era, ¿Cual era el origen de aquella neurosis desquiciada? Así que cogí el delorean de Doc dispuesto a viajar en el tiempo y aterrizar en el momento en que empecé a pensar por primera vez en el universo y la muerte. 


Retrocedí lo más que pude y topé con una película que dió origen a una afición infantil por los dinosaurios que desarrollé en años posteriores: "En busca del valle encantado". Llegué a la conclusión de que esa película familiar y sus 40 secuelas que me regalaban mis padres religiosamente año tras año, fueron las que me jodieron totalmente la cabeza. No estoy de coña. Ahí estaba todo. Los meteoritos, la muerte, el temor a la perdida, los amigos de la infancia que tanto añoré durante la secundaria, el cariño de mi madre, la infancia que pasé junto a mis abuelos...


Supongo que me identifiqué profundamente con el cuellilargo, pues una de las pocas pesadillas que recuerdo de mi vida fue precisamente siendo un niño, y en ella, perdía a mi madre, tal y como piecito perdió a la suya. Recuerdo despertarme llorando e ir a abrazarla, como recuerdo escaparme del parvulario e ir corriendo hacia ella, suplicándole que no me dejara solo, tal y como piecito se quedó tras su muerte. 


La sensación de desamparo y soledad que tuve en el colegio me hicieron sentir de la misma manera que el dinosaurio. La pérdida de la autoridad materna y paterna fue total, pues por aquel entonces, no les podía perdonar que me hubieran separado de mis amigos y me hubieran metido en un colegio concertado a una edad donde todo el mundo se pavoneaba y ridiculizaba a los demás. Nadie suplió aquella perdida de autoridad, aunque mis abuelos siempre estuvieron ahí para darme cariño (y fue mi abuelo quien me presentó a Jack Bauer, otro personaje de ficción que me ayudo a sobrellevar la jodienda de existir durante una década). En defensa de mis padres, diré que con el tiempo se dieron cuenta de que se habían equivocado y quisieron enmendar su error, pero yo tenía demasiado miedo para empezar de cero en otro colegio, así que allí me quedé. 


Volviendo al desamparo emocional y la soledad de aquel dinosaurio, empecé a pensar que si aquel personaje de ficción hubiera existido hace millones de años, era evidente que ya había conocido a la muerte, no sólo él, sino todo su mundo. Y me pregunté si dentro de millones de años, habrá algún otro ser racional pisando este mismo suelo, que reconozca a nuestra especie por simples huesos fosilizados. Los meteoritos, las supernovas y todo ese pavor espacial no eran más que una metonimia que explicaba mi miedo a morir. 


¿Me curé? No. Ni lo haré nunca. Pero entender (o creerlo al menos) me calma el espíritu. Aún sigo sufriendo achaques, pero es normal. Cada persona manifiesta subjetivamente su miedo. Yo siempre fui un cinéfilo, por eso intento utilizar la ficción para entender la realidad, pues forma parte de mi identidad. Nunca me curaré, pero he podido enfrentarme ello gracias a la misma ficción. Películas como Alien o Terminator me han ayudado a controlar mis ataques neuróticos, mi miedo a lo desconocido y hacia el fin del mundo. Me han ofrecido imperativos categóricos en formas de frases tales como "No existe más futuro que el que nosotros creamos" o que al final "la vida siempre se abre camino". 


Supongo que gracias al cine aún no me he vuelto loco en medio de toda esta pandemia absurda. Incluso he llegado a reconciliarme con el miedo de mis pesadillas apocalípticas, deseando que si nuestro mundo fuera destruído, quien mejor que Godzilla para encargarse de ejecutar tal empresa, pues llegado el caso, siempre es preferible morir a manos de un amigo. Quizá el cine fuera mi valle encantado al que llegué tras millones de penurias para comerme mis hojas de estrellas. Soy un neurótico, igual que todos vosotros y todas vosotras.