Desde niño tengo pesadillas apocalípticas. A menudo suelo pensar en lo inmenso que es el universo y lo insignificante y frágil que es la especie humana. Me da vértigo pensar que apenas somos algo más que una mota de polvo en medio de un misterio infinito. Tan inexplicable como fascinante. La cuestión es que desde niño, cualquier noticia de relacionada con asteroides, tormentas solares, planetas gigantes que se aproximan a nosotros de forma impenitente o el descomunal tamaño de sol, me ponen del puto hígado.
Hace muchos años, durante la secundaria, en medio de un examen de biología, me aquejaron de repente todos esos pensamientos y sufrí un terrible ataque de ansiedad: temblores en las manos y en las piernas, cambio de temperatura corporal, sudoración, aceleración del ritmo cardíaco, sensación de muerte inminente... Tiré el bolígrafo y me eché las manos a la cabeza. Dejé el examen en blanco. Nadie me preguntó qué me ocurría, ni compañeros ni profesores. Como era repetidor, supongo que les parecía normal que no hiciese nada ni prestase atención, pero mi mente en ese momento era un puto hervidero de pensamientos. En ese momento descubrí lo que era sentir auténtico miedo por aquello que no puedes comprender, ni controlar.
Fui al médico de cabecera. No me vio nada raro. Me hice unos análisis. Todo normal. Me hicieron un escáner cerebral. Todo bien. Remití todo aquello a un especialista médico, no recuerdo de qué. Solo recuerdo que el señor bromeó con que tenía el mono. Y no fue el único, pues un naturista llegó a preguntarme si fumaba porros o jugaba a la güija... Delirante comportamiento de un par de gilipollas quienes se (y les) decían profesionales. Yo por aquel entonces aún no sabía lo que eran las drogas y lo único que me mantenía cuerdo era echar algunas partidas a la consola. Todo fue de auténtico chiste. A los ojos de la ciencia yo era una persona sana. A los ojos de los curanderos de todo a 100, también. Pero os puedo asegurar que los seis meses siguientes fueron un infierno donde apenas dormí, vomitaba de la ansiedad y casi me llevo todas las asignaturas al curso siguiente.
Pasaron los años y me empezó a interesar el psicoanálisis. Corriente denigrada en el campo académico por infalsable e indemostrable. Pero qué me iban a contar a mí esos fulanos de la academia, si para ellos estaba como un roble, mientras llegaba a casa con taquicardias en medio de alucinaciones auditivas, seguramenre por falta de sueño. La movida es que me pregunté si todo aquello era cosa de mi mente. Y si así era, ¿Cual era el origen de aquella neurosis desquiciada? Así que cogí el delorean de Doc dispuesto a viajar en el tiempo y aterrizar en el momento en que empecé a pensar por primera vez en el universo y la muerte.
Retrocedí lo más que pude y topé con una película que dió origen a una afición infantil por los dinosaurios que desarrollé en años posteriores: "En busca del valle encantado". Llegué a la conclusión de que esa película familiar y sus 40 secuelas que me regalaban mis padres religiosamente año tras año, fueron las que me jodieron totalmente la cabeza. No estoy de coña. Ahí estaba todo. Los meteoritos, la muerte, el temor a la perdida, los amigos de la infancia que tanto añoré durante la secundaria, el cariño de mi madre, la infancia que pasé junto a mis abuelos...
Supongo que me identifiqué profundamente con el cuellilargo, pues una de las pocas pesadillas que recuerdo de mi vida fue precisamente siendo un niño, y en ella, perdía a mi madre, tal y como piecito perdió a la suya. Recuerdo despertarme llorando e ir a abrazarla, como recuerdo escaparme del parvulario e ir corriendo hacia ella, suplicándole que no me dejara solo, tal y como piecito se quedó tras su muerte.
La sensación de desamparo y soledad que tuve en el colegio me hicieron sentir de la misma manera que el dinosaurio. La pérdida de la autoridad materna y paterna fue total, pues por aquel entonces, no les podía perdonar que me hubieran separado de mis amigos y me hubieran metido en un colegio concertado a una edad donde todo el mundo se pavoneaba y ridiculizaba a los demás. Nadie suplió aquella perdida de autoridad, aunque mis abuelos siempre estuvieron ahí para darme cariño (y fue mi abuelo quien me presentó a Jack Bauer, otro personaje de ficción que me ayudo a sobrellevar la jodienda de existir durante una década). En defensa de mis padres, diré que con el tiempo se dieron cuenta de que se habían equivocado y quisieron enmendar su error, pero yo tenía demasiado miedo para empezar de cero en otro colegio, así que allí me quedé.
Volviendo al desamparo emocional y la soledad de aquel dinosaurio, empecé a pensar que si aquel personaje de ficción hubiera existido hace millones de años, era evidente que ya había conocido a la muerte, no sólo él, sino todo su mundo. Y me pregunté si dentro de millones de años, habrá algún otro ser racional pisando este mismo suelo, que reconozca a nuestra especie por simples huesos fosilizados. Los meteoritos, las supernovas y todo ese pavor espacial no eran más que una metonimia que explicaba mi miedo a morir.
¿Me curé? No. Ni lo haré nunca. Pero entender (o creerlo al menos) me calma el espíritu. Aún sigo sufriendo achaques, pero es normal. Cada persona manifiesta subjetivamente su miedo. Yo siempre fui un cinéfilo, por eso intento utilizar la ficción para entender la realidad, pues forma parte de mi identidad. Nunca me curaré, pero he podido enfrentarme ello gracias a la misma ficción. Películas como Alien o Terminator me han ayudado a controlar mis ataques neuróticos, mi miedo a lo desconocido y hacia el fin del mundo. Me han ofrecido imperativos categóricos en formas de frases tales como "No existe más futuro que el que nosotros creamos" o que al final "la vida siempre se abre camino".
Supongo que gracias al cine aún no me he vuelto loco en medio de toda esta pandemia absurda. Incluso he llegado a reconciliarme con el miedo de mis pesadillas apocalípticas, deseando que si nuestro mundo fuera destruído, quien mejor que Godzilla para encargarse de ejecutar tal empresa, pues llegado el caso, siempre es preferible morir a manos de un amigo. Quizá el cine fuera mi valle encantado al que llegué tras millones de penurias para comerme mis hojas de estrellas. Soy un neurótico, igual que todos vosotros y todas vosotras.
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