Los
monos aún tenían mucho que decir. Charlton Heston derrumbado ante la
estatua de la libertad dio el pistoletazo de salida a una serie de cuatro
secuelas, a cada cual más demencial, que terminaron por estructurar una saga
que se hizo un pequeño hueco entre la cinefília atraída por el fantástico de la
época. De entre las continuaciones realizadas durante los tiempos dorados del
LSD (algo que se observa en el trabajo de los guionistas), guardo especial
cariño por ‘Regreso al Planeta de los Simios’ (Ted Post, 1970), única
continuación directa del film original. ¿La razón? Un juego de Scroll lateral
para GameBoy Color inspirado en la película, que recibí como regalo de navidad
y cuyo factor lúdico me enganchó hasta hacerme sangrar píxeles por
los dedos. Aunque pensándolo en frio, posiblemente, el juego fuera una mierda
(como la película); un título de lo más simple, cutre y presumiblemente lanzado
para hacer promoción del recién rodado remake de Tim Burton . Sin embargo, la
diversión que me suscitaba cargarme simios a balazos en la portátil de Nintendo es, para mi, un recuerdo imperecedero. Yo que por aquel entonces tendría apenas dos
lustros, ignoraba la existencia de cualquier continuación de ‘El planeta de los
Simios’ (película que había visto no pocas veces), así pues, ese cartucho supuso para mi, el descubrimiento de una saga que pude visionar al completo años mas
tarde y de la que tres cosas me llamaron la atención: 1) A medida que se sucedían
las secuelas, las caracterizaciones de los monos y los escenarios, eran cada
vez más pobres, culpa de continuas bajadas presupuestarias. 2) Absolutamente
todas las secuelas del planeta de los simios se sostienen en excusas de lo más
rebuscadas y delirantes. Y 3) La oportunista crítica a la guerra fría se
advierte como una constante en todos y cada uno de los filmes. Si bien las dos
primeras citas, son de una índole económica cuyo primordial fin es hacer caja,
la tercera supone una perspectiva de lo más interesante en manifiesto de la
época, y ‘Regreso al Planeta de los Simios’ la conserva adherida con vehemente
bizarrísimo a su cutreza.
El filme comienza donde lo dejó el anterior. Ahora, una nave con dos astronautas se
accidenta en la tierra (poco Spoiler resulta, a estas alturas) en el año 3955. A partir de ese momento, se abre la puerta de los delirios. Buscan a Taylor, solo a Taylor. Como si el
personaje de Heston fuese el único que se perdió en la película original; parece como si el resto de la tripulación no tuviera suficiente caché, y les pudieran dar por culo. De
ambos, solo sobrevive el astronauta Brett; James Franciscus; actor cuyo
semblante expresaba menos que el de un cerdo vuelto morcilla, y que en esta ocasión, toma la antorcha protagónica de Charlton Heston. Por arte de Deux
Ex Machina aparece una mujer galopando, Nova; la potente Linda Harrison
(quién pillara a la chavala en los 70), que sigue igual de muda que en la película
anterior (mejor, que sus esculpidas curvas hablen por ella). Tras unir fuerzas
para encontrar al personaje de Heston, vivirán una sucesión de desventuras a modo de Déjà Vu de la primera entrega; visita a las chabolas de los monos, encuentro con
Cornelius (por única vez en la saga, no interpretado por Roddy McDowall) y Zira,
aprisionamientos y huidas a pie y a caballo hasta que… ¡Gloria!¡Genialidad!
Aparece una nueva raza de humanos mutantes telequinéticos que reverencian a la
bomba del juicio final como único y verdadero Dios. Parece como si el guión fuese escrito por un pensador/crítico de la época en un ataque de lisergia extrema, pero aun consecuente con el petardazo de turno a la guerra fría. Ahora bien, a parte de este detalle, el más valioso de toda la película, el
rehúso de cualquier pretensión filosófica, en que se metía el film original, es
total. Aquí se abre la senda de una aventura de ciencia ficción transmutada en una
ensalada bizarra de serie B, con un paleto a la cabeza, mutantes que hablan por
telequinesis, simios fascistas de caretas cutres, una tía buena, una bomba
atómica y… Charton Heston brevemente, pegando tiros. El paradigma del
bizarrísimo más excelso que se avista en toda la saga.
Al
igual que aquel videojuego con que tan buenos momentos pasé, es posible que la
primera de las secuelas de ‘El Planeta de los Simios’ sea, objetivamente, una
mierda infecta, y una violación salvaje a aquella obra maestra de 1968, pero también,
un entretenimiento demencialmente lúdico y con cierto encanto. Si tuviera que
elegir la mejor secuela de la saga (no incluyo ni el remake y el reboot), estaría entre esta y ‘La rebelión
de los simios'; película de la que buena cuenta dieron en la notable ‘El
origen…’.
@DavidCarideS
@DavidCarideS

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