23 de enero de 2021

CARNAZA EN MEDIO DEL MAR




Cuando empezó este apocalipsis  pandémico, llegó a aventurarse desde las cavernas de las redes sociales, la redención de la especie humana. "Esto nos hará mejores", decían. Quizá el shock fue tan grande que queríamos creer que el aislamiento, la lejanía con los nuestros, el tiempo para el autoanálisis o la posibilidad de repensar nuestra acelerada forma de vida nos haría entender la importancia del Otro en una reconciliación social donde todo el mundo se volvería más cojonudo, más solidario, humilde y en definitiva, más humano. 

Un año después, cabría preguntarse si ese optimismo se diluyó por falta de perseverancia, o si solo fue fruto de otro de esos delirios líquidos a los que el mundo nos tiene acostumbrados en los últimos tiempos. Lo cierto es que pese a las buenas intenciones, los balcones y los aplausos, hoy por hoy, me cuesta imaginar algún período de nuestra historia reciente donde el ser humano se haya vuelto tan hermético, cerrado, ecléctico, opaco y varios sinómimos más. Además de aquejar un cansancio vital que va camino de ser patológico. 

Lo cierto es que en el momento mismo de la verdad, donde la subsistencia de nuestra sociedad está en juego, nadie se quiere sentarse a negociar. No hemos limado nuestras diferencias y cada día compensa más buscar enemigos donde canalizar la frustración o descargar la responsabilidad de nuestros actos.  Como le dije un día a un político, en las buenas negociaciones nadie sale del todo contento; todos deben dar su brazo a torcer. Pero se ve que las concesiones se han vuelto ya demasiado altas, y ya nadie puede permitirse el lujo de arriesgarse a perder lo que le queda, pues quién sabe si mañana, dejaremos de existir. 

Y de nuevo aflora la resignación. "No sé de qué te sorprendes", "Esto lleva siendo así toda la vida", "Es reprobable moralmente, pero es legal". Un instinto de autoconservación tan honesto que parece habernos condenado a no imaginar un futuro mejor, ni tan siquiera más justo. Y sin el inalcanzable faro de la Utopía navegamos sin destino en un oscuro océano donde el único objetivo parece la supervivencia, del cuerpo, y de la mente, entre huracanes de desinformación y multiversos virtuales. 

Pero si el impacto de la marea en la mente está lo suficientemente fuerte como para olvidarse de pensar en uno mismo, se pueden llegar a ver cientos de historias, de gente a la que se le habrá caído algo por la borda, de otra que habrá tirado el equipaje, de quienes hayan ganado los galones y quienes estén aprendiendo todavía a vivir con la soledad. Todas con el mismo origen. Nos hemos visto arrastrados por un huracán de circunstancias que nos ha esparcido como náufragos en el océano, siempre agarrados a las tablas Smartphone para no morir ahogados.

Y a eso se ha reducido todo. El espectáculo está servido, entre el oleaje, haciéndonos olvidar que somos unos cansados náufragos en medio del océano a quienes ya empiezan a rodear los tiburones. A lo nuestro, y como imaginándonos en la butaca un cine, vemos proyectarse el devenir de extraños acontecimientos, respetando siempre la distancia de seguridad, y con una tendencia cada vez mayor al dramatismo. Virus morales y disparatados conflictos gubernamentales parecen ser las lineas maestras de este guión escrito sobre la marcha. 

Un filósofo esloveno dijo una vez entre aspavientos que se entiende mejor la realidad desde las películas que desde la propia realidad. Pero ahora el mundo se ha convertido en LA película distópica. Poco antes, las historias de masas habían empezado a concienciarse de que efectivamente vivimos en una sociedad, y las masas parecían cada vez más envilecidas en el mundo real. Parecían dispuestas a reclamar sus escenas en la peli, en una dialéctica absoluta con Internet, y ahí se hizo más patente el nexto entre la demagogia, la propaganda y el meme. Quizá ese fue uno de los virus que entró en nuestra mente. Lo instalamos gratuitamente como un programa, pero luego descubrimos que solo era puto SPAM. 

Y la gente dice que los Memes son para divertirse, que valen para enseñar, o que podrian llegar a ser arte. Yo no estoy seguro de nada, porque soy un ignorante. Pero si el meme está más próximo al chiste, también lo está a lo inconsciente, y repetir una idea a esos niveles puede convertir el SPAM en pensamiento habitual. Somos más débiles de lo que creemos. Las preocupaciones son muchas como para pensar en resistir los embates del SPAM contra la mente. La repetición nos gana, y y nos programa. Como si fuésemos su avatar. 

Y ahí es donde la droga nos salva y nos destruye la vida. La que marca una distancia con la realidad que nos obliga a mirar desde fuera, para verlo todo, como acertadamente escribió un usuario pedante de Filmaffinity, 'con el distanciamiento postmoderno de Jeff Goldblum en "El mundo perdido: Jurassic Park"'. El tabaco. La masturbación. Facebook. Los porros. Los bizcochos de chocolate. Instagram. Los bocadillos de queso. Escribir estando colocado. Todo ha quedado reducido a eso. No somos mejores, ni peores, solo somos diferentes, pero en realidad todos estamos igual de jodidos. Aunque queramos ver luz al final del túnel, como dijo el esloveno colgado, la luz que viene es la de otro tren que está a punto de arrollarnos. Somos carnaza en medio del mar.

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